En Defensa de la Incertidumbre

Como ya ha ocurrido anteriormente, he sido invitada a compartir mis ideas y/o experiencias por escrito, como parte de mi trabajo terapéutico. Como en las anteriores ocasiones, me he resistido a compartir por escrito algo con lo que me exponía a la evaluación externa e incluso a mi propia discrepancia, tras revisitar mis ideas un par de veces.

Esto me pone ante otro conflicto interno, aquél que como feminista me lleva a desear más voces femeninas escribiendo y dando visibilidad a lo que las mujeres tenemos que compartir en una profesión en la que estamos claramente presentes, pero no somos igualmente vistas.

Siempre me ha ofrecido cierto consuelo pensar que una psicóloga tan célebre como Laura Perls, apenas escribió durante su trayectoria profesional, pese a tener mucho que enseñar y compartir. Ella parecía preferir la experiencia directa para ejemplificar su enfoque y en esa inmediatez es en la que a menudo me siento más segura para compartir mi experiencia de forma relacional. Para bien y para mal, las mujeres tendemos a priorizar ese cuidado directo a la visibilización de nuestro trabajo.

Más allá del marco social que me envuelve como mujer, como terapeuta, en el aquí-y-ahora de una sesión te tengo frente a mí, lo que me permite evaluar en tiempo real tus reacciones a mis palabras y tengo la oportunidad de explorar creativamente cómo encontrame contigo en un lugar seguro para ti y para mí.

Cuando me atrevo a escribir, sin embargo, me expongo a una reacción no prevista, ante la que sólo puedo responder a posteriori y cómo sé si estaré preparada para recibirla. Y, de este modo, llego al tema que da título a este texto, la incertidumbre.

Las evidencias emanadas de la investigación psicofisiológica nos muestran que, pese a la plasticidad y flexibilidad que nuestro cerebro nos permite, tendemos a construir marcos o estructuras mentales que nos permiten ver nuestra experiencia desde un punto de vista estable, comprensible y de algún modo controlable. Esto hace que cuando nos falta información, nuestro cerebro cubra los huecos con suposiciones (proyecciones, fantasías…), que nos permitan seguir funcionando bajo la asunción de contar con todos los datos necesarios para tomar decisiones y seguir dando pasos sobre tierra firme. Y si el terreno aún no ofrece suficientes garantías, puede que nos cueste avanzar.

Esto sería lo que suele llevarme a escoger la evitación a la acción, pues después de todo, la relación con nuestro entorno y las personas en el mismo es esencial para nuestra supervivencia, por lo que no es de despreciar el miedo a perder ese contacto si tengo la impresión de no contar con los recursos suficientes para sostenerme en el rechazo.

La intolerancia a la incertidumbre ha demostrado ser un factor crítico en el desarrollo y mantenimiento de preocupaciones generalizadas, no sólo en quienes las sufren como parte de trastornos de ansiedad, sino también en quienes las experimentan sin llegar a un grado patológico. Esta intolerancia a la incertidumbre no es más que el miedo a lo desconocido. Un miedo que, como nuestras otras emociones, tiene un valor evolutivo importante, el cual necesitamos aprender a tolerar para ser capaces de obtener el mayor beneficio de su existencia.

En estos días, he oído a menudo la expresión “nueva normalidad” y esto ha despertado en mí cierto recelo, ante la posibilidad de estar apresurándonos a creer que sabemos qué está ocurriendo y qué viene después. Es muy comprensible la necesidad de contar con respuestas que nos permitan mirar más allá de quince días, pero nos encontramos ante una realidad tan cambiante que pretender encontrarnos ya ante una nueva normalidad, nos puede llevar a despreciar la oportunidad que la propia incertidumbre nos presenta: mantener nuestros sentidos atentos a la exploración curiosa de nuestro entorno, para encontrar respuestas tras un proceso de ensayo y error tal como el que, evolutivamente, cualquier cambio individual y como especie demanda.

Puede que este texto te deje con una sensación incómoda, pero me gustaría invitarte a recordar que la especie humana es resiliente y tan sólo necesitamos darnos un voto de confianza, un poco más de tiempo, para seguir colectando las particularidades de esta nueva realidad de manera que seamos capaces de encontrar un ajuste creativo, tanto a corto como a medio plazo. Hemos de mantener una actitud abierta al cambio y al riesgo intrínseco a nuestra experiencia vital. Prueba de ello es que yo me he atrevido a exponer a tu lectura mi limitado entendimiento de esta situación y, al hacerlo, he de aceptar la doble posibilidad de acercarme o alejarme de ti según te hayan llegado mis palabras.

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